La repetición de modelos

“Me respetás porque soy tu madre!”  “Vas a aprender a contestarme bien!” “Vos a mi no me gritás!” y otras frases similares, se escuchan a menudo entre madres/padres e hijos, generalmente en tono agresivo, a los gritos y seguidas de algún insulto o hasta incluso de amenazas físicas, situación ante la cual vemos al niño en cuestión agachar la cabeza, sollozar y asumir una actitud de obediencia que responde a la expectativa del adulto, más por temor que por haber comprendido el límite.
Por lo general cuando este tipo de situaciones sucede es porque el modelo de crianza de esos padres ha sido igual al que hoy ellos reproducen con sus hijos. Un modelo sin lugar para el intercambio, el acuerdo, la empatía, basado en una relación de jerarquías que se sostiene en el “respeto ciego”: se hace porque lo dice la autoridad, sin entender por qué, sin compartir razones ni mediar explicaciones lógicas. Pero es realmente eso lo que buscamos para nuestros hijos, que sean obedientes? O simplemente confundimos respeto con sumisión?
El respeto por el otro
En la sociedad actual se habla mucho de respeto pero lamentablemente se practica poco. Constantemente vemos transgresiones a las normas establecidas y actitudes de indiferencia ante ello, y como contrapartida de esto, el respeto por los derechos individuales se reclama a gritos en manifestaciones populares. En este contexto no es casual que hoy se hable y se promuevan practicas como el parto respetado y la crianza respetuosa, porque sin dudas la infancia es la via regia para iniciar el cambio que todos anhelamos.
Aunque los tiempos cambiaron y los modelos de crianza se flexibilizaron,  hoy hay muchos padres que se manifiestan a favor de la crianza respetuosa pero que no pueden deshacerse del mandato con el cual han sido ellos mismos criados, entonces se enfrentan a culpas, confusiones, frustraciones y contradicciones entre lo que sienten, lo que piensan que deberían hacer y lo que efectivamente hacen en el ejercicio de su parentalidad. Es que las formas aprendidas, asi como los conceptos y las creencias (conscientes o inconscientes) que las sustentan, no siempre son  fáciles de modificar.
Para todos los ámbitos sociales donde nos movemos (laboral, escolar, familiar, amistades) aplica la máxima popular de que el respeto se gana, la cual se dice casi con el peso de una ley natural, pero lo que no resulta muy natural es el cómo se gana, entonces empiezan a mezclarse conceptos como límite y prohibición, cuidar y controlar, autoridad y autoritarismo, sumisión y respeto. Cuando se trata de la crianza de los hijos esto cobra aún mayor relevancia, porque los padres son los encargados de mostrarles de qué se trata el mundo y cómo actuar en él, y es fundamental que sean concientes de que sus actos transmiten más que sus palabras.
 
El respeto empieza en casa
Los estilos vinculares y comunicacionales se incorporan a través de las vivencias de la primera infancia, y se van fijando como modo particular de relacionarse con el otro en la cotidianeidad familiar. Allí es donde el niño aprende a interactuar, a registrar lo que está bien y lo que está mal, lo que es normal y esperable de lo que no lo es. Entonces es consecuencia natural que si es bien tratado, luego tratará bien a quienes lo rodean.
 Es decir que si esperamos que un hijo nos respete, nos escuche y comprenda los límites que le transmitimos, debemos empezar por hacer lo mismo con él. Asi su modelo relacional se basará en el buen trato, y eso será lo que a medida que crezca espere del otro, reconociéndose a sí mismo como valioso y aprendiendo a distinguir cuando algo se sale de ese marco para poder defenderse, afianzarse en su identidad y saberse merecedor de respeto.

 Si crecimos con un modelo que no nos gustó o que pensamos que podría haber sido mejor, por los recuerdos que tengamos de la propia infancia o por conflictos actuales que sabemos arraigados en ese pasado, el ser padres nos da la oportunidad privilegiada para detener la inercia de la cadena de repeticiones y generar nuestras propias reglas. Tomar lo bueno (siempre lo hay) y aceptar lo que no lo fue, construyendo el estilo de crianza que queremos y podemos llevar adelante. No son necesarias jerarquías o imposturas de superioridad para merecer respeto. Franqueza, empatía y disponibilidad para reconocer los errores (propios y ajenos) es el puntapié inicial para el cambio, en el seno de la familia y en la sociedad.
  

 
Lic. Gabriela Nelli - publicado en revista digital ReCreo 7.24, marzo 2017.-
 
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